Efectos que ha generado CSI en México y España

Efectos que ha generado CSI en México y España

Martín Gabriel Barrón Cruz, Pedro Campoy Torrente y Abel González García

INACIPE, México, 2017

 

De acuerdo con el informe “Compara carreras” del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en su última edición 2017, la criminología en México es la carrera con mayor demanda juvenil. Si bien su matrícula sigue siendo marginal respecto de la que tiene el Derecho. Por ejemplo, en los últimos años no existe otra profesión que haya crecido en la medida en que lo ha hecho esta carrera. También este informe indica que la mayoría de las personas egresadas de criminología se enfrentan a altos índices de desempleo e informalidad, o bien, con percepciones de salario incluso más bajas que las obtenidas por quienes sólo cuentan con estudios de educación media superior.

En esta coyuntura, la obra Efectos que ha generado CSI en México y España del mexicano Martín Gabriel Barrón y de los españoles Pedro Campoy Torrente y Abel González García es atinada y crucial para los lectores que deseen adentrarse en las diversas problemáticas que subyacen a esta situación, no privativa de nuestro país sino compartida por otras naciones como España.

Para explicar este incremento en el interés de las juventudes por demandar y de las universidades por ofertar el llamado estudio científico del crimen, la criminología, los autores toman como punto paralelo el efecto (realidad-ficción-realidad) que han tenido las series televisivas globales y locales sobre el crimen. A través de un esquema metodológico mixto compuesto tanto de estadísticas, de una recolección histórica y comparativa de datos, como de encuestas y entrevistas a alumnos y profesionales, Barrón Cruz, Campoy Torrente y González García dibujan una difícil realidad que incluye, entre otros supuestos, confusiones epistemológicas, metodológicas y empíricas entre la criminología, la criminalística y las ciencias forenses; problemáticas en el contenido de los planes y los programas de estudio; sesgo formativo centrado en el paradigma positivista, y reduccionismo de los espacios laborales.

En particular, hay que destacar algunas propuestas que los autores ofrecen al mundo teórico y práctico de la criminología en México y España. Uno: pasar de ser “todólogos” a considerar a la criminología como una ciencia al servicio de la investigación criminal y, con ello, realizar una evaluación curricular (programas de estudio, cuerpo docente, estudiantes, infraestructura escolar, relación alumno-docente-comunidad y análisis del entorno socioprofesional), aportada por el doctor Barrón Cruz. Dos: la distinción entre criminología y ciencia del crimen, así como el efecto CSI en los responsables de crear y aprobar el Libro Blanco (modelo a nivel internacional que organiza los estudios de grado en criminología), que hace necesaria su revisión, actualización y mejora, ofrecida por el doctor Campoy Torrente. Tres: la tesis de que el boom de los estudios en criminología no se debe en exclusiva a la serie de televisión CSI y, por otro lado, la responsabilidad de que los centros de educación, los medios de comunicación y los criminólogos huyan de la criminología-espectáculo, apuestas ambas del doctor González García.

En síntesis, esta obra responde a los cuestionamientos de los propios autores, que seguramente muchos lectores comparten: ¿qué les depara el futuro a los criminólogos? ¿Cuál será el papel de los criminólogos? ¿Qué es el efecto CSI? ¿Podría ser un efecto perverso del desarrollo de la criminología o podría reducirse a un mero problema de accesibilidad a docentes y a profesionales? ¿Qué podemos hacer para revertir esta tendencia?

 

 

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