“Ehhh, puuuu…”

Una mirada desde el punto de vista constitucional

“Ehhh, puuuu…”

Los gritos que se escuchan en los estadios de fútbol de México —y que ya han traspasado las fronteras de nuestro país para captar la atención de la Federación Internacional de Futbol Asociación— ponen en la mesa el tema de la libertad de expresión y sus límites, del que aquí se ocupa el autor.

 

 

Con profunda admiración y afecto,

para los doctores Rafael Estrada Michel y Javier Mijangos y González.

 

Desde el estadio Jalisco, en los albores del siglo XXI, el futbol mexicano se ha visto inmiscuido en una dinámica negativa que consiste en insultar al guardameta rival cada vez que osa llevar a cabo —fundamental, aunque no exclusivamente— un saque de meta. Así, impunemente, la afición mexicana se ha conducido durante casi 20 años. Es momento de ser serios.

Durante mucho tiempo los mexicanos hemos sido víctimas de una gran cantidad de males y atropellos que nos han hecho ver nuestra suerte y que poco a poco hemos ido tratando de erradicar. Así, por ejemplo, con la promulgación de la Constitución de 1917 llegaron algunos derechos que pugnaban por la igualdad; en 1953 las mujeres obtuvieron —con Adolfo Ruiz Cortines— la primera oportunidad de ejercer el sufragio; en 2009 la Asamblea Legislativa del otrora Distrito Federal reconoció la posibilidad de llevar a cabo matrimonios entre personas del mismo sexo, y así — quisiera creer— un largo etcétera. La idea pareciera ser clara: una sociedad cada vez más incluyente a la que todos podamos pertenecer. Un Estado donde no se imponga la visión de algunos excluyendo la de otros es el camino para una democracia mejor y un México mejor, siendo que la manera de lograrlo pasa en gran medida por una Constitución abierta, incluyente y, sobre todo, respetada.

Otro mal que aqueja al futbol nacional es el de sentirse precisamente ajeno a la eficacia de la Constitución mexicana. Un claro ejemplo es el famoso “pacto de caballeros”, otro es que los equipos de la primera división nacional operan como “Club de Toby”, y si no, bastaría preguntárselo a Salvador Carmona, quien “insultó” a los federativos demandando lo que creía justo ante los tribunales mexicanos… Como consecuencia de su actuación, nunca más volvió a jugar. Ejemplos van y vienen, pero hoy ocupa los reflectores de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) el grito “¡Eeeeh puto!”, que ya ha traspasado las fronteras de la Liga MX y se ha hecho presente en el Campeonato Mundial de Futbol y, recientemente, en la Copa Confederaciones de Rusia. La FIFA ha tomado cartas en el asunto y ha multado en diversas ocasiones a la Federación Mexicana de Futbol (FMF) e incluso expulsó a algunos aficionados gritones del estadio durante la pasada Copa Confederaciones. No obstante las medidas adoptadas por el máximo organismo del futbol, sería bueno preguntarse si la FIFA es la que tiene el deber de enderezarnos la plana a los mexicanos y solucionar un problema que más allá de un jueguito donde 22 individuos corren tras una pelota, es un problema de discriminación hacia un grupo históricamente vulnerable. Sí, de discriminación. Discriminación en un país donde se ha maltratado al indígena, a la mujer, al bajito de estatura, al que tiene sobrepeso, al que tiene otra preferencia sexual, a todo el mundo. Y, dicho sea de paso, aunque algunos argumentan que la palabra en cuestión se utiliza en un tono lúdico cuando se está en el contexto futbolero, con esa palabra no se juega ni tampoco se debe usar “coloquialmente” y con diversas connotaciones, porque así se ha dañado y se sigue dañando a muchos seres humanos en México y en el mundo.

De ninguna manera la solución debe venir de Zúrich, sino de una correcta aplicación del texto constitucional mexicano. ¿O acaso nuestra Constitución tiene vigencia porque vincula al poder público y a las personas, pero no a los aficionados que están en el interior de un inmueble, en este caso, un estadio? ¡Claro que no! El futbol mexicano, así como las personas que asisten a presenciar un espectáculo a un lugar —aunque sea privado— no están autorizadas a transgredir la Carta Magna. Recientemente, la polémica se dio en la Copa Confederaciones y en algunos juegos eliminatorios del Tri, pero eso solamente es la punta del iceberg; el problema es nacional y cultural. ¿Este grito realmente transgrede la Constitución y, por ende, algún derecho fundamental de alguien? ¿En este caso el derecho fundamental de un grupo social determinado: las personas con preferencias sexuales distintas a la heterosexualidad? Considero que la clave está precisamente ahí. A través de diversos medios de comunicación he visto, leído o escuchado el sentir de muchas personas al respecto —incluso del seleccionador nacional Juan Carlos Osorio, quien dijo que era un tema de interpretación—. Se ha dicho y desdicho de todo, algunos a favor del grito, otros en contra. Si se pudiera resumir de manera muy concisa el argumento central de los que están a favor de que continúe pronunciándose el grito en los estadios, sería de la siguiente manera: “No es un grito discriminatorio ya que en realidad la palabra en cuestión es utilizada coloquialmente en muchos sentidos, y precisamente, el sentido que entraña en un estadio de futbol no es homofóbico sino jocoso. Así se habla en México, es un tema cultural que sólo entendemos los mexicanos”.

Para saber si se ha vulnerado o no la Constitución podríamos leer su texto, interpretarlo y emitir una opinión que será más o menos calificada en función del talento jurídico del intérprete. Sin embargo, el Constituyente de 1916-1917 optó por atribuirle el control de la constitucionalidad de los actos —sí, incluso grititos en los estadios— al Poder Judicial,1 en cuya cúspide se encuentra la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Así las cosas, dicho de manera sencilla, la interpretación de la Constitución que realice la Suprema Corte será, dependiendo el caso, orientativa u obligatoria para los jueces inferiores. Aun siendo orientativa tiene un enorme peso, pues en caso de que llegase un asunto a un juez inferior, se antoja difícil que resuelva en contra de una postura de la Corte.

Lo que está en juego en el caso del grito de los estadios es la libertad de expresión y su respectivo límite, que se halla en el derecho de un grupo históricamente atacado. Dicho de otro modo, la libertad de expresión de las personas que acuden a un estadio de futbol necesariamente ha de tener límites, puesto que no hay derechos absolutos y en determinados casos el ejercicio de un derecho puede interferir en la esfera jurídica de alguien más si no se matiza. Al respecto, la Corte ha dicho que las expresiones no protegidas por la libertad de expresión son aquellas que resulten absolutamente vejatorias: “Así, esta primera sala ha concluido que las expresiones que no se encuentran protegidas por el texto constitucional son aquellas absolutamente vejatorias”.2 Para que una expresión sea considerada vejatoria es necesario que sea ofensiva u oprobiosa, además de impertinente. Así las cosas, una expresión resulta ofensiva u oprobiosa según el contexto, si es cruel, dura e incita a una respuesta inmediata del receptor. En ese sentido “las expresiones ofensivas u oprobiosas no deben confundirse con críticas que se realicen con calificativos o afirmaciones fuertes… la libertad de expresión resulta más valiosa ante expresiones que puedan molestar o disgustar”.3 Por otra parte, el hecho de que una expresión sea impertinente implica que su pronunciamiento no resultaba necesario para expresar el sentido de lo que se quería decir. En ese sentido, “la relación que las expresiones deben guardar con las ideas u opiniones formuladas… deben encontrarse vinculadas al mensaje que pretende emitirse, pues la falta de esta exigencia relacional pondría en evidencia el uso injustificado de las expresiones y, por tanto, su impertinencia”.4

Un punto trascendental respecto del caso de los estadios de futbol lo constituye el hecho de que la posible afectación del derecho no se realizaría en una persona en concreto; lo anterior en virtud de que al gritar en un estadio probablemente no se está atacando al cancerbero rival porque se piense que es una persona con una preferencia sexual diversa. Asimismo, el derecho vulnerado no necesariamente es el del portero, sino el de un grupo. Es posible sostener que “las expresiones absolutamente vejatorias… no sólo se pueden presentar cuando hacen referencia a una persona en concreto, sino que es factible que las mismas se refieran a una colectividad o grupo reconocible”;5 en el caso futbolero, se estaría haciendo alusión a la comunidad con diversas preferencias sexuales. Es de advertir que el hecho de que el grupo que se encuentra afectado por la expresión sea un grupo históricamente marginado en nuestro país no representa cosa menor. Por ello, “cuando las… [expresiones] se refieran a colectividades que por rasgos dominantes históricos, sociológicos, étnicos o religiosos han sido ofendidos a título colectivo por el resto de la comunidad, el lenguaje que se utilice para ofender o descalificar a las mismas adquiere la calificativa de discriminatorio”.6 Lo anterior, pues al atacar a grupos vulnerables implícitamente se está sumando para que sigan siendo marginados, cosa que es de lo menos deseable en un Estado democrático constitucional.

Sobre el discurso homofóbico la Suprema Corte señaló: “Constituye un tratamiento discriminatorio, toda vez que implica una forma de inferiorización, mediante una asignación de jerarquía a las preferencias sexuales, confiriendo a la heterosexualidad un rango superior… Tal discurso suele actualizarse en los espacios de la cotidianidad; por lo tanto, generalmente se caracteriza por insinuaciones de homosexualidad en un sentido denigrante, burlesco y ofensivo, ello mediante el empleo de un lenguaje que se encuentra fuertemente arraigado en la sociedad… Aquellas expresiones homófobas, esto es, que impliquen una incitación, promoción o justificación de la intolerancia hacia la homosexualidad, ya sea mediante términos abiertamente hostiles o de rechazo, o bien a través de palabras burlescas, deben considerase como una categoría de las manifestaciones discriminatorias… Aun siendo exteriorizadas en términos coloquiales y con una intención jocosa, se refieran a la orientación sexual de una persona (o de un grupo en concreto), integran una afrenta para el sujeto (o grupo) al que se dirigen, menoscabando su prestigio, al dar ocasión a la maledicencia en sus relaciones sociales, familiares o profesionales, con independencia de la tolerancia o permisividad social que pudiera existir en torno a dicho tema… Por todo lo anterior, es que puede concluirse que las expresiones homófobas constituyen manifestaciones discriminatorias y, en ocasiones, discursos del odio, y se encuentran excluidas de la protección que la Constitución consagra para la libre manifestación de ideas”.7

De lo señalado por la Suprema Corte válidamente se puede seguir que no importa que el grito en cuestión se lleve a cabo dentro de un estadio de futbol, en un ambiente coloquial y puramente jocoso o burlesco. No importa que “así se hable” en el medio del futbol, no importa “que siempre se haya hecho y nunca haya pasado nada”, no importa que “haya cosas peores por las cuales se deberían preocupar las autoridades”. El hecho es que, en este caso en concreto, de acuerdo con lo señalado por la Corte —y por las elementales nomas de tolerancia con el que no piensa igual— esas expresiones en los estadios no están protegidas por la libertad de expresión, ya que la palabra en cuestión hace referencia, aunque sea de manera indirecta, a una preferencia sexual diversa, encuadrándose en la descripción que al efecto ha señalado el Alto Tribunal. No importa que el lenguaje coloquial le haya dado otra connotación; lo cierto es que en cualquiera de ellas se implica una superioridad de alguien y una degradación de otro; aunque sea de manera jocosa, burlesca o coloquial. La cuestión es precisamente esa: al ser un grupo históricamente dañado, no es posible que se separe la palabra de su connotación dañina argumentando que se hace de alguna manera de las mencionadas. No busquemos en la FIFA o en la FMF la respuesta. No estamos ante un tema puramente futbolero, sino ante actos discriminatorios y, por lo tanto, vulneradores de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Tal vez sería una buena oportunidad para algún tipo de actuación del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en México y demás autoridades.

 


 

* Abogado por la Escuela Libre de Derecho, maestro en Derecho constitucional por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y candidato a doctor en Derecho por la Universidad Carlos III de Madrid.

1 A partir de la resolución del pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, identificada como “Expediente varios 912/2010”, el control de la constitucionalidad sería tanto difuso (inaplicando cualquier autoridad jurisdiccional en el caso concreto una norma considerada inconstitucional), como concentrado en el Poder Judicial de la Federación (para juicios de amparo, controversias constitucionales y acciones de inconstitucionalidad).

2 Sentencia de amparo en revisión 2806/2012 del 6 de marzo de 2013, primera sala, SCJN, p. 37.

3 Ibidem, p. 38.

4 Ibidem, p. 39.

5 Idem.

6 Ibidem, p. 40.

7 Ibidem, pp. 42-47.

 

5559-2250 / 5575-6321 / 5575-4935 - Aviso de Privacidad - Términos y Condiciones

Revista El Mundo del Abogado