La principal baza de López Obrador

La principal baza de López Obrador

 

El presidente de México llamó a votar “con menos víscera y más razón”. Lo que olvidó Enrique Peña Nieto es que la política se hace con vísceras y no con razón. La razón es, apenas, la narrativa que se inventa para justificar las luchas por el poder.

Todos los contendientes en una democracia, desde luego, juran que buscan para su pueblo libertad, igualdad y justicia. Todos piden a los electores que confíen en ellos.

La verdad, sin embargo, es que, detrás de cada candidato, de cada programa político, de cada declaración, bullen las ambiciones de alcanzar el poder, gobernar, aprovechar la mayor cantidad de recursos para beneficiar a un grupo. Lo demás es oropel.

Desde que el hombre es hombre, la política se hace con esperanzas y miedos, con ambiciones y resentimiento, con odio y sed de venganza. De Aristóteles a Bobbio, la razón sirve para diseñar los instrumentos que se utilizan para legitimar el dominio de un grupo sobre otro o para contener a los rivales. “Si los hombres fueran ángeles —se lee en El Federalista— el gobierno no sería necesario.” Lo mismo se aplica al Derecho.

¿Por qué ahora resulta tan urgente que se designe a un fiscal “independiente” si no para evitar que el nuevo mandatario vaya a querer encarcelar a quienes lucraron de manera indebida? ¿Por qué hay tanta prisa en retirar el fuero si no para poder asediar a la nueva clase política con demandas que le impidan cobrar cuentas a los grupos salientes? Éstas son vísceras, por más que se utilice a la razón para arroparlas.

Platón enseñó que la razón debía conducir a las pasiones. Debía ser el auriga, mientras las pasiones eran caballos briosos a los que habría que refrenar. Pero David Hume lo refutó: la razón sirve a las pasiones, sentenció. Las pasiones hacen que queramos ser poderosos y ricos, que pretendamos fama y prestigio, que anhelemos que una persona nos satisfaga sexualmente…

Una vez que nuestras vísceras han hablado, la razón se pone en marcha para averiguar cómo conseguir lo que pretendemos: cómo tener más dinero o cómo seducir a esa persona, cómo alcanzar la presidencia de la República o cómo pasar a la historia como héroe nacional. Los neurocientíficos del siglo XXI —Pinker, Dawkins, Wilson y D’Amasio— insisten en que nuestras emociones son las que nos incitan, condicionan y hasta determinan.

Esto lo ha entendido, mejor que ningún otro de los candidatos a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, quien ha sabido catalizar las emociones y convertirse en símbolo del descontento que campea en enormes sectores de la sociedad mexicana. “Estas elecciones van a definirse por la rabia”, han anticipado muchos observadores políticos.

La historia no se ha construido con la libertad, la igualdad o la justicia, sino a través de luchas inspiradas por los sueños y las buenas intenciones, pero, también, por la soberbia, la avaricia, la envidia y hasta la lujuria. Los ropajes, eso sí, han tenido denominaciones más románticas. Los comicios del próximo mes de julio se realizarán, pues, como se ha realizado siempre y en todas partes: con las vísceras.

 

Ángel M. Junquera Sepúlveda

Director 

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