López Obrador: ¿Perón o Roosevelt?

López Obrador: ¿Perón o Roosevelt?

 

“¿Qué tan asustado debería estar el mundo del futuro presidente de México?”, se preguntaba el semanario The Economist hace unos días: “Al parecer, tiene poca idea de cómo funciona una economía o una democracia moderna”. A raíz de que alguna vez Andrés Manuel López Obrador aseguró que respetaría las decisiones de la Suprema Corte de Justicia siempre y cuando fueran justas, The Economist añade: “Desprecia las instituciones independientes, como la Suprema Corte”.

Pese a este diagnóstico, López Obrador tiene todo para ser uno de los mejores presidentes de México y, sin exagerar, puede estar a la altura de Juárez, Madero y Cárdenas, como él mismo lo ha expresado. Desafortunadamente, también tiene todo para ser uno de los peores. ¿Por qué camino se inclinará?

Sus posturas son ambiguas y hasta contradictorias. Su equipo de trabajo tampoco revela mucho: “En el Arca de Noé que ha construido —escribió Jorge Zepeda Patterson— alberga a ex dirigentes del PAN de corte conservador, a un partido evangélico de derecha, a empresarios de diversa índole, a una multitud de ex funcionarios priistas y a algunos luchadores y activistas de la izquierda tradicional. Una mezcla variopinta que dice muy poco sobre el régimen que nos espera”.

A juzgar por su formación, es el modelo de Luis Echeverría y de José López Portillo el que parece orientar sus actos. Le fascina la idea de ese presidente que decidía vida y hacienda; el que ponía y quitaba a servidores públicos y a gobernadores, a jueces y a diputados, a empresarios e intelectuales, a líderes sindicales y religiosos... Tener a todo México comiendo de su mano le deslumbra.

A tal grado, que descalifica a cuantos lo cuestionan. Criticarlo a él es denostar a “el pueblo”, en cuyo nombre habla. Echeverría silenció a cuantos lo interpelaron —el golpe a Excélsior fue emblemático— y López Portillo acabó por nacionalizar la banca, culpándola de sus propios desatinos.

Pese a lo anterior, el discurso que dirigió el pasado 1° de julio, luego de que el INE dio a conocer que había obtenido más del 50 por ciento de la votación, resultó firme pero sereno. Fue un mensaje de conciliación política hacia adentro y de tranquilidad financiera hacia afuera. Los mercados reaccionaron bien.

Prometió combatir la desigualdad —tema urgente por donde se mire— y castigar a quienes violen la ley. El mensaje fue alentador, pero hay que mantenernos alerta frente a dos peligros: la ausencia de contrapesos (arrasó con el Congreso) y las facciones que le rodean.

Hay que temer que algunas quieran empujarlo hacia el pasado, en un escenario como el que llevó a Perón al poder en Argentina, haciendo retroceder 50 años a ese país.

López Obrador podría adoptar políticas de un nacionalismo furibundo que nos distancien de Estados Unidos, de Europa y del mundo desarrollado, con el argumento de que México es autosuficiente. Esto ya no funciona en un mundo globalizado. Su promesa de devolver a los sindicatos el control de los maestros (a cambio de contar con su apoyo incondicional que le sirva como fuerza de presión, tanto en mítines para apoyar sus iniciativas como en manifestaciones para amedrentar a aquellos a quienes se les ocurra contrariarlo) nos da una pista sobre el clientelismo que pretende impulsar.

Otro escenario es que escuche a las voces más radicales y se incline por la Cuba de los Castro o por la Venezuela de Chávez y de Maduro, arrastrando al país en un experimento que ha fracasado cuantas veces se ha puesto en práctica, salvo para el líder y su camarilla. Este escenario se antoja difícil, dado que aquí las Fuerzas Armadas están consentidas y entretenidas… pero todo podría cambiar. Nuestras instituciones han demostrado su fragilidad. Sólo hay que ver la facilidad con la que el actual gobierno desmanteló a los “órganos autónomos” para constatarlo.

Hay, sin embargo, un tercer escenario: el de Franklin Delano Roosevelt, un político que, sin perder de vista la necesidad de preservar la economía de mercado, la división de poderes y el Estado Democrático de Derecho, combatió la desigualdad, reguló los monopolios, integró a decenas de sectores olvidados al desarrollo y creó una imbatible clase media en Estados Unidos. Ojalá que el presidente López Obrador entienda que la lucha que emprendió hace 12 años puede acabar en triunfo o en desastre. Su ambición de pasar a la historia “como un buen presidente” nos hace ser optimistas.

 

Ángel M. Junquera

Director

 

 

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