Sobre la corrección en el uso del lenguaje

Sobre la corrección en el uso del lenguaje

 

El 14 de junio de 2017 la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el amparo en revisión 578/2015, bajo la ponencia del ministro Alfredo Gutiérrez Ortiz Mena. El tema por resolver fue la constitucionalidad de la fracción IX del artículo 223 a la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión que dispone: “La programación que se difunda a través de radiodifusión o televisión y audio restringidos, en el marco de la libertad de expresión y recepción de ideas e información, deberá propiciar el uso correcto del lenguaje”. La fracción impugnada fue declarada inconstitucional por mayoría de cuatro votos. El 11 de mayo de 2018 se aprobó la tesis de jurisprudencia 1ª XLI/2018 (10ª), con registro 2016898 y rubro: “Uso correcto del lenguaje. El artículo 223, fracción IX, de la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, al establecer la obligación a los concesionarios de propiciarlo, viola la libertad de expresión”.

Al ser aprobada la tesis, la remití para su conocimiento a mi querido y admirado amigo Luis Fernando Lara, profesor de El Colegio de México y miembro de El Colegio Nacional. Amablemente me hizo llegar su interesante opinión, misma que con su autorización y el evidente beneplácito de la revista, ahora se publica íntegramente.

 

José Ramón Cossío Díaz

  

 

En efecto, como señala claramente la tesis aislada 1ª XLI/2018 (10ª), “el lenguaje no es un sistema normativo determinado por las fuentes jurídicas de nuestro sistema constitucional, sino por fuentes extrajurídicas”. Así es: tales fuentes son los usos sociales del lenguaje, la multiplicidad, variedad y riqueza de los medios de expresión verbal de la sociedad, que en cada discurso se orientan al sentido que se busca transmitir y ese sentido es tan diverso e inagotable, que resulta imposible pretender controlarlo mediante normas.

Hay que señalar que intentos de esa clase han sido temas de un gobierno totalitario al menos: el Tercer Reich, en el cual, aprovechando un movimiento purista alemán y su relación con el racismo, pero además con la intención de ocultar al pueblo alemán ciertos crímenes que empezaban a cometer, trataron de modificar algunas expresiones de la lengua alemana: de modo inocuo, sustituyeron Kino (“cine”) por Lichtspiele (literalmente, juego de luces), Telefon por Fernsprecher (instrumento para hablar a distancia), Hotel por Gasthaus (casa de huéspedes), pero con clara intención de ocultamiento dejaron de decir Vernichtungslager (campo de exterminio) y lo sustituyeron por un latinismo cuyo significado no todo el pueblo alemán podía entender: Konzentrationslager (campo de concentración). Un buen estudio descriptivo de este intento de control normativo sobre la lengua alemana es el libro de Víctor Klemperer, La lengua del Tercer Reich. El libro de George Orwell, 1984, es una fantasía de lo que podría hacer un gobierno de esa clase (con ominosas advertencias de lo que todavía podría suceder).

Se puede afirmar que la corrección del lenguaje, tal como suele entenderse, es una manifestación ideológica basada en dos criterios: por un lado, el purismo lingüístico, determinado por un ideal de lengua (al que me referiré más adelante); por el otro, un conjunto de valores que se relacionan con el clasismo, a veces con el racismo y otras con la xenofobia.

En el caso particular de México y de otros países hispanoamericanos, descendientes de la cultura española, la normatividad lingüística de esa corrección del lenguaje se origina, sobre todo, en la idea o el ideal de lengua que hemos heredado como antigua colonia, culturalmente dependiente de España, que ha dado lugar a lo que yo he venido llamando desde hace muchos años conciencia de desvío, que consiste en la creencia de que, alejados de España, la calidad de nuestro español se mide respecto de los usos de la “madre patria”. Esa conciencia se manifiesta en la censura de los indigenismos y de los aportes de otras lenguas extranjeras (campo predilecto del purismo), pero también en la de las tradiciones verbales populares mexicanas, que se suelen manifestar oralmente y en situaciones de compañerismo y amistad, pero se censuran en los usos escritos y, en general, en los usos de los medios de comunicación. Es de notar cómo, incluso los autores más preocupados por señalar los “vicios y barbarismos” de las tradiciones verbales del pueblo, los apuntan con gran conocimiento de ellos y con alegría; una curiosa “perversión” del purismo. Me parece que la petición de normar los medios de comunicación para que utilicen un “lenguaje correcto” obedece a esa idea de la lengua.

Desde el punto de vista lingüístico, que se basa en el estudio y la crítica de la normatividad verbal, la corrección en el lenguaje consiste más bien en la adecuación del discurso a sus objetivos de sentido, al deseo de comunicar algo a cierto grupo social o a cierta comunidad, a la búsqueda de convencimiento a propósito de una idea. Como tal búsqueda de adecuación, sólo resulta “incorrecta” la inadecuación de la expresión a los fines perseguidos y a la clase de interlocutores a los que se destina. Muchas veces una grosería dicha en ciertas condiciones, en vez de agredir, aplaca y mueve a la cordura; un discurso elevado en una conversación en un barrio popular, da lugar a burla; un discurso basado en las tradiciones populares, dicho frente a una reunión de funcionarios o de intelectuales da lugar al desprecio de quien lo emite (o a risa, por ejemplo, Cantinflas en Ahí está el detalle durante un juicio). En consecuencia, la corrección en el uso de la lengua no se puede definir a priori, ni mucho menos con normas emitidas por el gobierno, y más bien se mide por su eficacia en la comunicación. Si una expresión insulta, discrimina, contraria ciertos valores éticos o morales, lo que se enjuicia es eso, no el lenguaje utilizado, aunque éste haya sido precisamente el vehículo del insulto, la discriminación, etcétera. De ahí que corresponde a la responsabilidad, en este caso, de los medios de comunicación, elegir el lenguaje más adecuado a su objetivo de sentido.

Es verdad, por otra parte, que los medios de comunicación contemporáneos, sobre todo los que se emiten por la internet, como blogs, tweets, etcétera, han abierto a la mayor parte de los miembros de la sociedad la posibilidad de hacer públicos una enorme cantidad de mensajes, escritos de muy diferentes maneras (que en muchos casos reflejan la baja calidad de la educación elemental), que revelan múltiples posiciones ideológicas y creencias, entre ellas el racismo, la homofobia, el desprecio a la dignidad de los seres humanos, sobre todo a la de las mujeres, la falta de reflexión, la manipulación descarada de la opinión pública, etcétera. Esta clase de mensajes se conciben como “discursos de odio”. El combate al discurso de odio se debe hacer desde la escuela, impulsando una cultura cívica, y convendría que los medios de comunicación, por convencimiento propio, contribuyeran a la difusión de esa cultura cívica convenciendo a la sociedad de lo extremadamente pernicioso que es esa clase de discurso, si lo que buscamos es vivir en democracia, con respeto a la dignidad de las personas.

 

 

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